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14 ABRIL 2020

RETINOPATÍA DIABÉTICA: PREVENCIÓN Y TRATAMIENTO

Cuando cuidamos y controlamos nuestra diabetes, estamos evitando muchas de sus complicaciones. Una de ellas es la retinopatía diabética, un problema que puede llevar a la ceguera.
Ocurre cuando la diabetes daña los vasos sanguíneos de la retina, el tejido de la parte posterior del ojo que es sensible a la luz. Poco a poco se bloquean o rompen, filtrándose la sangre al interior del ojo y puede incluso que nuestro organismo vaya creando nuevos vasos más frágiles (retinopatía diabética proliferativa), cuya rotura desencadena nuevos problemas de visión.
Por suerte, se trata de un problema que se puede prevenir. La mejor forma de hacerlo es mantener un buen control glucémico e identificar los problemas de retina de forma temprana. Para ello debemos visitar anualmente al oftalmólogo, para realizar un estudio de la retina con las pupilas dilatadas (retinografía). Además de estas visitas regulares, las mujeres embarazadas también deben realizar un examen añadido al comienzo del embarazo, que puede repetirse a lo largo del embarazo si el médico lo ve necesario.
La importancia de estos estudios es absoluta, ya que no hay síntomas en las primeras fases de la complicación. Si esperamos a detectarla nosotros puede ser demasiado tarde (y en torno al 80% de las personas con diabetes alcanzarán alguna etapa de la retinopatía, siendo mayor la probabilidad según los años que se lleven viviendo con diabetes).
No obstante, hay un síntoma que nos debe poner en alarma, que es notar pequeñas manchas en la visión. Se trata de microhemorragias, la mayoría de ellas ocurrentes durante la noche. Si hemos llegado a este punto, en cualquier momento puede ocurrir que suframos una hemorragia mayor que nos elimine visión.
Síntomas más graves incluyen visión borrosa, áreas blancas o negras en la visión, visión nocturna deficiente o colores apagados.
¿Cómo se trata? En sus primeras etapas, lo importante es mantener los niveles de glucosa dentro del rango recomendable, además de vigilar la presión sanguínea y los niveles de colesterol. Eso previene la mayoría de complicaciones. También hay medicamentos que ayudan a mantener la presión del ojo bajo control.
En estados más avanzados, se realiza una fotocoagulación con láser que bloquea las hemorragias. Por último, en los casos más graves en los que ya hay un edema se puede realizar tratamiento con fármacos antiangiogénicos o una vitrectomía, en la que se “drena” la sangre que haya en el ojo.
Un tratamiento oportuno, temprano y eficaz elimina nada menos que el 95% de las posibilidades de perder la visión. Pero, insistimos, todo pasa por prevenir cuidando nuestros niveles de azúcar, y de identificar el problema antes de que sea tal, mediante una visita al oftalmólogo.

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